La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas, difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

La Santísima Trinidad.
Vermeyen, Jan Cornelisz.
Museo del Prado
Preparación espiritual
Espíritu Santo, ora en mí.
Espíritu Santo, ora en mi comunidad.
Espíritu Santo, ora en el pueblo Dios.
Espíritu Santo, ora junto a todos y en todos
para que este mes de la Biblia sea
tiempo de escucha, gracia y misión compartida.
Amén.
Evangelio según San Juan 3,13-17 – Fiesta de la Exaltación de la Cruz
13 Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. 14 De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, 15 para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
16 Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Algunas preguntas para una lectura atenta
1. ¿De dónde descendió Jesús y a dónde subirá?
2. ¿Por qué Moisés levantó la serpiente en el desierto (ver Nm 21,4-9?
3. ¿Qué semejanza tiene con la elevación de Jesús?
4. ¿Cómo se manifestó el gran amor de Dios por el mundo?
5. ¿Cuál es la misión de Jesús en relación al mundo y cuál no es?
Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini
El evangelio comienza hablando del doble movimiento ascendente y descendente. En concreto Jesús dice que sólo Él, quien descendió del cielo, puede subir allí y permanecer allí. Y a continuación hace referencia a su pasión como una exaltación.
Ahora bien, el texto de este domingo hay que interpretarlo teniendo en cuenta que tiene como trasfondo el relato de Nm 21,4-9, primera lectura de hoy. El Tárgum de Nm 21,4-9 combina este texto con Gn 3,1 y entonces queda acentuada la ambigüedad o ambivalencia de la serpiente: por un lado las «serpientes abrasadoras» son una expresión de la serpiente original, causante del pecado del hombre; por otro la «serpiente de bronce» es benéfica para el pueblo y símbolo de la voluntad salvífica de Dios. Y esto pasa al cuarto evangelio donde la ambigüedad del símbolo de la serpiente sirve para expresar la doble faceta del misterio pascual: una negativa, la muerte; otra positiva, la resurrección. La muerte está asociada al pecado, al triunfo del mal y de la serpiente originaria. Pero a esta negatividad le sucede el triunfo de la vida mediante la exaltación o elevación en la cruz. La serpiente levantada en alto vence a las serpientes abrasadoras. Jesús, al ser alzado en la cruz, vence a la serpiente de los orígenes. Y así como los que miraban la serpiente de bronce quedaban curados, ahora los que «creen» en Cristo crucificado como expresión suprema del amor de Dios tienen vida eterna.
Por tanto, el evangelio nos enseña que la salvación nos viene por la entrega del Hijo en la cruz y que es obra de Dios que «tanto amó al mundo». La cruz con Cristo, mirada con fe, nos descubre el sublime amor de Dios y su realidad paterna: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).
Este texto de Jn 3,16 nos revela algo muy importante y que a veces se ha descuidado: el amor del Padre. La fuente del amor que lleva al Hijo a entregarse y que da sentido a su pasión es el Padre. “En efecto, la Cruz no es sólo la historia del Hijo: éste es entregado a la muerte por Dios, Su Padre. Es Él quien tiene entre los brazos el madero de la vergüenza; el árbol del abandono. Dios no es imperturbable. Él sufre por amor nuestro. Es el Dios que Juan Pablo II en la Encíclica Dominun et vivificantem, muestra como el Padre que es capaz de ejercer un infinito amor, justamente porque es capaz de tener un infinito dolor” (B. Forte).
Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?
Celebrar la fiesta a la exaltación de la cruz es un hecho que puede herir nuestra sensibilidad humana. Sólo desde la mirada de Dios, podemos comprender algo de este misterio central de nuestra fe. No es algo que podemos dejar de lado. Negar u ocultar la cruz no es más que un engaño temporal. Pero importa notar que no se trata de la cruz desnuda y seca, sino que es a Cristo crucificado a quien exaltamos y festejamos porque ha sido el mismo Padre quien lo exaltó y glorificó.
Según Jn 3,16 el Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna. Este texto, sobre el cual medita mucho Juan Pablo II en Salvifici Doloris, señala claramente que es el amor lo que motiva la entrega del Hijo, la propia entrega de Jesús en su pasión. Vale decir que el amor asume la cruz como forma sublime de expresión: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).
Así el amor da sentido a la cruz, la orienta en la entrega en favor de los demás, la vuelve redentora. La cruz, signo de maldición y de muerte, es transformada en medio de vida y fecundidad: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).
Ahora bien, este doble movimiento, descendente y ascendente, es el mismo ritmo propio de toda la vida cristiana donde la cruz tiene su lugar. Aparentemente uno se inclinaría por afirmar que el movimiento descendente es protagonizado por sólo Dios y que el ascendente nos incluye a nosotros. Pero en realidad nos corresponde tanto el descendente como el ascendente. Porque debemos descender hasta nuestro propio infierno o abismo y allí aceptar nuestra condición pecadora y la redención de Cristo. Allí, en lo más profundo, donde la misericordia de Dios y la miseria del hombre se encuentran cara a cara y se besan.
Este es el camino de la humildad. Es único, pues no hay otro que nos lleve hasta Dios. Por eso se ha considerado a esta virtud junto a la fe, esperanza y caridad, casi como una cuarta virtud teologal. Y esto sólo puede lograrse si se acepta el camino de la cruz, el camino del vaciamiento de sí mismo, de la humillación, de la obediencia filial…En fin, se trata, como diría San Pablo, de dejarse crucificar con Cristo, para ser glorificado con Él.
Qué difícil se nos hace aceptar la cruz, encontrarle sentido. Pero cuanta fecundidad brota de esta maduración exquisita de la vida cristiana como lo testimonio la vida de tantos hombres de Dios. Uno de ellos, el Beato Cardenal Eduardo Pironio, escribió en su testamento: «¡Magnificat! Agradezco al Señor el privilegio de su cruz. Me siento felicísimo de haber sufrido mucho. Sólo me duele no haber sufrido bien y no haber saboreado siempre en silencio mi cruz».
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
1. ¿Qué sentimientos me provoca ver a Jesús crucificado?
2. ¿He podido descubrir en Cristo crucificado la mayor prueba de amor del Padre?
3. ¿Me he animado a descender a lo profundo y oscuro de mi corazón? ¿Con qué o con quién me encontré?
4. ¿He experimentado alguna vez la fecundidad de la cruz?
Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Gracias Jesús por tu amor al asumir la cruz.
Que te sienta conmigo,
solo así puedo descender a lo
profundo de mi corazón y palpar tu misericordia.
Creo en Vos, Señor y en tu entrega.
Que mirándote sepa entregarme a los demás, por los demás.
Solo así, y en Vos, la cruz es fecunda.
Amén.
Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Jesús concédeme fijar mi mirada en tu cruz y creer en el gran amor del Padre por mí.
Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Durante esta semana intentaré aceptar en silencio alguna cruz que me toque llevar y ofrecerla con Jesús por la salvación del mundo.
Bitácora de grandes Lectionautas
“El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal” (Papa Francisco).