La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas, difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

William Holman Hunt (1843). Luz del mundo. Óleo sobre lienzo, 125 cm × 60 cm. Keble College, Universidad de Oxford.
Preparación espiritual
Espíritu de Jesús, fuerza de vida nueva, aliéntanos.
Espíritu de Jesús construye un corazón nuevo en cada uno
para que hagamos vida los sueños del Padre.
Espíritu del Resucitado, ven a nosotros para que aprendamos a ser
comunidad que se alimenta con la Palabra.
Amén.
Evangelio según San Mateo 5, 13-16 |Quinto domingo durante el año. Ciclo A
13 «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podrá recobrarlo?
Ya no sirve para nada, sino solo para tirarla y para que la pise la gente.
14 Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida sobre una
montaña».
15 «Tampoco se enciende una lámpara y se pone bajo un cajón, sino sobre el candelero
para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Del mismo modo brille la luz de
ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que
está en los cielos».
Algunas preguntas para una lectura atenta
1. ¿Con qué compara Jesús a sus apóstoles?
2. ¿Qué les quiere decir a través de esta comparación con la sal y la luz?
3. ¿Qué pasa con la sal que pierde sabor y con la luz que se esconde?
4. ¿Qué les dice Jesús a los apóstoles con estos ejemplos sobre su misión?
5. ¿A quién dan gloria los discípulos si viven el evangelio?
Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini
Esta perícopa hace de transición entre las bienaventuranzas (5,3-12) y las antítesis o antinomias que siguen (5,17-48). Se vincula con lo anterior porque se dirige a los mismos discípulos («Ustedes son…») – que sufren persecución – para exhortarlos a perseverar en la vida cristiana; pues tienen una misión irrenunciable de cara a ese
mundo, expresada con las imágenes de la sal y la luz.
Y se continúa con la sección siguiente por cuanto las “buenas obras” que deben irradiar los discípulos serán explicitadas allí; por eso la función de prólogo o exordio que se atribuyen a estos versículos en la estructura general del Sermón del Monte. En efecto, no se dice aquí cómo el discípulo puede llegar a ser sal y luz; sólo que tiene que serlo. El cómo concreto lo desarrolla la sección siguiente del Sermón con todas las normas concretas para vincularse correctamente con el hermano en el Reinado de Dios inaugurado por Jesús. Es decir, quienes viven las enseñanzas de Mt 5,17-48 serán sal y luz.
La metáfora de la sal remite a un elemento necesario e insustituible en la alimentación cotidiana. Esta función de la sal deriva de su propia virtualidad de salar, de dar sabor y conservar los alimentos; si llegase a faltarle esta propiedad, se volvería inútil. Si la sal se desvirtúa, pierde su función de salar, no sirve y se la tira. Los términos ser «tirado fuera» y «pisoteado» remiten al juicio de Dios; por tanto, un discípulo que no viva como tal y que no ejerza alguna influencia sobre su ambiente, será rechazado por Dios.
El valor simbólico de la sal en la antigüedad y en la misma Biblia es amplio y variado. Para comprender en concreto a qué se refiere este símbolo hay que vincularlo con la metáfora que sigue – la de la luz – que viene luego especificada como «las buenas obras» de los discípulos; o sea que el discípulo es sal de la tierra con sus buenas obras.
En conclusión, los discípulos, como la sal, tienen determinadas cualidades propias que, si las perdiesen, se volverían inútiles. De modo semejante L. H. Rivas dice que «la sal es condimento, transmite su sabor a las sustancias en las que es colocada. El discípulo está puesto en el mundo para transmitir a otros su «sabor», lo que tiene de propio por ser cristiano». En esta línea G. Barbaglio afirma que la sal era una imagen de la sabiduría y, por eso, una persona que la perdía se volvía insipiente, tonta. L. Sánchez Navarro precisa más sosteniendo que «la sal simboliza al discípulo con fe viva y el desvirtuarse equivale a la pérdida de la fe».
La metáfora de la luz es frecuente en el Antiguo Testamento aplicada a Dios; por cuanto la luz es imagen de Dios que viene a salvar a su pueblo, con referencia también al Mesías, por lo cual es muy clara la relación estrecha entre la Luz y la Salvación, presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Entonces la misión de los discípulos será una prolongación de la misión de Jesús quien vino a anunciar la llegada del Reinado de Dios, es decir, de la salvación del mundo. El brillo de una vida conforme a las exigencias del Sermón del Monte es el signo de la presencia y de la acción transformadora de Dios en el discípulo, que al ser reconocido por los hombres los llevará a glorificar al Padre.
Esta obra de Dios en los discípulos de Jesús no puede ocultarse, sería tan absurdo como querer ocultar una ciudad en un monte o una lámpara debajo de un cajón. Necesariamente brillará, pero para la gloria del Autor, que es el Padre celestial. En fin, el sentido de las metáforas es claro: los discípulos tienen en el mundo una misión única y necesaria que cumplirán sólo en la medida que vivan conforme a las enseñanzas de Cristo, del evangelio.
Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?
Siempre la acción del discípulo es respuesta al don primero de Dios. Por eso, para comprender esta exigencia de ser sal y luz del mundo debemos tener en cuenta que Jesús primero anunció la llegada del Reino de Dios a los hombres. Es decir, en la Persona de Jesús, Dios se acerca a nosotros y nos pide que lo recibamos, que lo aceptemos como el Señor de nuestra vida.
Ahora bien, al aceptar el Señorío de Jesús en nuestra vida, cambian nuestro modo de ver, de valorar y de vivir en el mundo. En breve, da sabor, sabiduría, sentido a nuestra vida y la ilumina. Y esta novedad de vida y de valores, no es sólo para nosotros, sino para compartirlo y transmitirlo a los que nos rodean.
Jesús no quiere que sus discípulos se encierren en un disfrute narcisista de este “Bien Inmenso” que es el Reino de Dios, que nos instalemos en nuestra zona de confort y nos olvidemos de los demás. Al contrario, somos llamados a testimoniar nuestra fe con la nuestra vida y, sobre todo, con nuestras buenas acciones.
Jesús ha elegido dos metáforas o ejemplos, la sal y la luz, para expresar esta «esencia» misionera de la vocación cristiana. El discípulo se vuelve sal para salar la tierra; y luz para iluminar al mundo. Sería un contrasentido y un absurdo que la sal no sazone y que la luz se esconda para no iluminar. Pero importa respetar los pasos del anuncio de Jesús para no caer en un mero «funcionalismo» de la vida cristiana. Se trata de SER cristianos de verdad, de tener identidad. Si SOMOS cristianos seremos también sal y luz del mundo. Desde el SER cristianos OBRAMOS como cristianos y DAMOS TESTIMONIO ante el mundo de lo que SOMOS para GLORIA del PADRE.
Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 5 de febrero de 2023: “Nosotros, que somos sus discípulos, estamos llamados a brillar como una ciudad puesta en lo alto, como un candelero cuya llama nunca tiene que apagarse. En otras palabras, antes de preocuparnos por las tinieblas que nos rodean, antes de esperar que algo a nuestro alrededor se aclare, se nos exige brillar, iluminar, con nuestra vida y con nuestras obras, la ciudad, las aldeas y los lugares donde vivimos, las personas que tratamos, las actividades que llevamos adelante. El Señor nos da la fuerza para ello, la fuerza de ser luz en Él, para todos; porque todos tienen que poder ver nuestras obras buenas y, viéndolas —nos recuerda Jesús—, se abrirán con asombro a Dios y le darán gloria (cf. v. 16). Si vivimos como hijos y hermanos en la tierra, la gente descubrirá que tiene un Padre en los cielos. A nosotros, por tanto, se nos pide que ardamos de amor. No vaya a suceder que nuestra luz se apague, que desaparezca de nuestra vida el oxígeno de la caridad, que las obras del mal quiten aire puro a nuestro testimonio”.
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
1. ¿Vivo mi relación con Jesús como algo exclusivamente personal y privado; o
reconozco que debo compartir con los demás lo que el Señor me da?
2. ¿Tengo conciencia de que soy una misión para los demás?
3. ¿Considero que si yo oculto mi fe, le niego la oportunidad a otros de creer?
4. ¿Qué sentimientos tengo frente al mundo? ¿Miedo, rechazo, atracción,
inseguridad, rebeldía, agresividad, condena, compasión…?
5. ¿La fe ha dado sentido a mi vida y esta alegría es la que difundo en mi ambiente?
Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Gracias Jesús por compartirme tu misión.
Haz que no me encierre en mí mismo
ni haga del Reino una burbuja.
Quiero ser sal que dé sabor
y luz que ilumine.
En la medida justa, que no me pase
sino que haga de mi vida cristiana
un testimonio creíble y un anuncio verdadero.
Quiero dar gloria a nuestro Padre.
Amén.
Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Jesús, que mis obras sean reflejo de tu luz
Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Durante esta semana me propongo vivir mi identidad cristiana haciendo una obra de bien sin ser visto o reconocido.
Bítcacora de grandes Lectionautas
“Si observas la composición de un aparato eléctrico, encontrarás un ensamblaje de hilos grandes y pequeños, nuevos y gastados, caros y baratos. Si la corriente eléctrica no pasa a través de todo ello, no habrá luz. Estos hilos somos tú y yo. Dios es la corriente. Tenemos poder para dejar pasar la corriente a través de nosotros, dejarnos utilizar por Dios, dejar que se produzca luz en el mundo”, Madre Santa Teresa de Calcuta.