La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas, difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

Guercino (Giovanni Francesco Barbieri). Jesús y la samaritana en el pozo. Hacia 1640 – 1641. Óleo sobre lienzo. 116 x 156 cm. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
Preparación espiritual
Espíritu Santo, condúceme en este camino hacia la Pascua.
Espíritu Santo, llévame a la Buena noticia que hoy escucho.
Espíritu Santo, impúlsame al encuentro con mis hermanos.
Espíritu Santo, sorpréndeme con lo que Jesús
quiera regalarme en este encuentro.
Amén
Evangelio según San Juan 4,5-42. |Domingo 8 de marzo de 2026. Tercer domingo de cuaresma. Ciclo A
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva». «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?».
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla».
Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar».
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad». La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo». Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo». En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?».
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?».
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro. Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro». Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen». Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?». Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: ‘Uno siembra y otro cosecha’
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos». Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice».
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».
Algunas preguntas para una lectura atenta
Algunas preguntas para una lectura atenta
1) ¿A dónde llega Jesús, qué hace y con quién se encuentra?
2) ¿Qué le pide Jesús a la Samaritana y qué le responde ella?
3) ¿A qué se refiere Jesús cuando le ofrece “agua viva”?
4) ¿Dónde y cómo hay que adorar al verdadero Dios según Jesús?
5) ¿Qué descubre y afirma la samaritana sobre la identidad de Jesús?
6) ¿Cómo llegan a la fe en Jesús los samaritanos de ese pueblo?
Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini
Al leer el evangelio de la Samaritana en el contexto de la liturgia de este domingo hay que poner el acento en el tema del agua y su valor simbólico. Claramente el evangelio de Juan juega con un doble nivel de significación en relación a la sed y al agua, pasando de lo natural a lo sobrenatural o divino.
Jesús aparece Él mismo junto al pozo “fatigado del camino”, teniendo sed y pidiéndole a la mujer que le de beber. El curso de la narración nos llevará a comprender que Jesús tiene sed de comunicarse, de darse, de que todos conozcan el “don de Dios”, que beban del agua vida; tiene sed de salvar a la humanidad (cf. Jn 7,37-39; 19,34).
Jesús le habla a la Samaritana para que se despierte en ella su deseo profundo del agua viva («Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva» 4,10); y se lo manifieste con una oración de petición (“Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed” 4,15). Luego es necesario que conozca el Don de Dios y quién es el Dador del mismo.
Entonces Jesús mismo pasa a establecer una comparación entre dos tipos de agua llevando el simbolismo al nivel espiritual. En efecto, “la estructura literaria del v. 10 refleja que el don de Dios y el agua viva denotan la misma realidad. Si el don de Dios que Jesús promete dar a la samaritana es el agua viva, para la mujer conocer este don, o sea, poseer el agua viva, es conocer a Jesús y tener con él unas relaciones personales”.
En el evangelio de Juan el «agua viva» tiene dos sentidos espirituales fundamentales. En primer lugar, es la revelación que ofrece Jesús, su palabra, el evangelio, que nos permite conocer y adorar al verdadero Dios, al Padre. En segundo lugar, el agua viva es el Espíritu de Jesús que da la vida. Lo dice expresamente Jn 7,37-39: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: «De su seno brotarán manantiales de agua viva». Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él».
También es de notar el progresivo conocimiento de Jesús que se va dando en el texto: Jesús como profeta, como Mesías y finalmente como Salvador del mundo. Además, se describe el paso de la preocupación por la satisfacción de una necesidad humana que se manifiesta como sed del agua, a la confesión de fe en Jesucristo como Salvador del mundo.
En conclusión, la revelación de Jesús el Salvador, o más aún, su propia donación salvadora es el agua viva que calma toda sed. Ya no buscaremos otra revelación ni otra agua. Podemos abandonar el cántaro al lado del pozo del viejo Jacob. Hemos encontrado la salvación definitiva.
Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?
Todos tenemos experiencia de la sed y de la necesidad del agua. En general la presencia fácil de agua hace que no nos demos cuenta de su valor esencial para la vida; pero en muchas regiones de la tierra escasea y allí saben lo que es la sed y la necesidad vital del agua. Pues bien, esta experiencia humana tiene su correlato a nivel espiritual porque en el fondo tenemos sed de Dios. En particular en los momentos difíciles, de pérdida o de renuncia a valores humanos, buscamos desesperadamente la Presencia del Señor y no siempre la sentimos. Es la crisis de la Esperanza, del que camina sin ver aún la meta, del ya pero todavía no.
Tenemos que aceptar esto como algo propio de nuestra condición cristiana, inevitable para el que camina en la fe, y de lo cual la cuaresma nos debe ayudar a tomar más conciencia. En efecto, «la sed sirve para sacarnos de nuestra inmovilidad conformista y lanzarnos al camino en búsqueda de la fuente. Luis Rosales lo reflejó acertadamente en este hermoso verso: “De noche iremos, de noche, / sin luna iremos, sin luna, / que para encontrar la fuente, / sólo la sed nos alumbra” (Miguel Márquez).
Nuestra insatisfacción radical ante todo lo caduco y pasajero golpea con fuerza, como el cayado de Moisés, en la roca de nuestra vida hasta hacer brotar esa corriente de agua viva que es la presencia de Dios. El evangelio nos descubre en la persona de Jesús al agua viva de la cual todos tenemos sed. Jesús, y sólo Jesús, pude revelarnos al Padre, comunicarnos el conocimiento del verdadero Dios; puede darnos el Espíritu Santo que nos lleva a la comunión con Dios. Y habiendo encontrado la fuente y habiendo apagado nuestra sed, nos volvemos apóstoles del “agua viva”.
La invitación de este tercer domingo de cuaresma es, entonces, a despertar el deseo profundo, la sed de Dios; y a volver a la fuente, a Jesús, para saciarnos con su agua vida. Y habiendo recibido esta agua viva, brotará de nuestro interior para comunicarla a todos los hombres y mujeres que caminan sedientos por la vida. Para terminar, no olvidemos la iniciativa del Señor, quien tiene sed de nosotros, cómo bien explica J. Tolentino Mendonça: “Es el Señor quien toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro: es él quien llega antes al pozo. Cuando nosotros llegamos, él ya estaba allí esperándonos. Cuando la mujer samaritana entra en escena, Jesús ya está sentado. Por eso es muy cierto que, por muy grande que sea nuestro deseo, mayor aún es el deseo de Dios. Y también por eso le oímos decir: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). El encuentro con Jesús no es ningún ajuste de cuentas, ni el viene a revelarnos a un Dios justiciero”.
Al respecto decía el Papa Francisco en el ángelus del 12 de marzo de 2023: “La sed de Jesús, de hecho, no es solo física, expresa las sequedades más profundas de nuestra vida: es sobre todo la sed de nuestro amor. Es más que un mendigo, está sediento de nuestro amor. Y emergerá en el momento culminante de la pasión, en la cruz; allí, antes de morir, Jesús dirá: «Tengo sed» (Jn 19,28). Esa sed de amor que lo llevó a descender, a abajarse, a ser uno de nosotros. Pero el Señor, que pide beber, es Aquel que da de beber: al encontrarse con la samaritana le habla del agua viva del Espíritu Santo y desde la cruz derrama sangre y agua desde su costado atravesado (cf. Jn 19,34). Jesús, sediento de amor, sacia nuestra sed con amor. Y hace con nosotros como con la samaritana: se acerca a nosotros en lo cotidiano, comparte nuestra sed, nos promete el agua viva que hace brotar en nosotros la vida eterna (cf. Jn 4,14)”.
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
1. ¿He sentido profunda sed de Dios, como la tierra seca y sin lluvia?
2. ¿De qué otras cosas tengo sed, esto es, un deseo vivo y ardiente?
3. ¿Puedo testimoniar que al encontrarme con Jesús se apagó mi sed de conocer a
Dios?
4. ¿Qué medios utilizo para encontrarme cara a cara con Jesús al costado del pozo?
5. ¿Pido al Espíritu Santo que haga brotar una fuente de agua viva en mi interior para
comunicarla a los demás?
Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Jesús, Agua Viva, calma mi sed y lánzame a buscarte y anunciarte.
Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Durante esta semana me propongo identificar los pozos de agua que no me sacian. Se los entregaré al Señor y le pediré de corazón volverme a Él.
Bítcacora de grandes Lectionautas
«Dios tiene sed de que tengamos sed de Él» (San Gregorio Nacianceno).