Año Vocacional Diocesano
Carta Pastoral

Padre Obispo Alejandro Pablo Benna

Peregrinación Diocesana a Lujan,
3 de mayo de 2026

Queridos Hermanos y Hermanas de esta Iglesia que peregrina en Morón:

Con motivo del 50 aniversario del seminario diocesano creo que es una ocasión privilegiada para dar gracias a Dios y habiendo discernido en distintos espacios de la diócesis este tema he convocado con gratitud, agradecimiento y esperanza un año vocacional que transcurrirá a lo largo de todo el 2026. Es verdad que nuestra oración por las vocaciones es un compromiso de siempre lo mismo que la invitación a discernir y crecer en este aspecto fundamental de nuestra vida, pero un año vocacional quiere ser una oportunidad para plantearnos este tema con profundidad, pidiendo la guía del Espíritu que nos ilumina y orienta para descubrir la Voluntad de Dios, nuestro Proyecto de vida y fundamentalmente vivirlo de una manera plena respondiendo generosamente en el “hoy” que cada uno de nosotros este transcurriendo.

Aquí les comparto algunas orientaciones que pueden ayudarnos no solo a descubrir la llamada de Dios para toda la vida, sino también para profundizar de una manera plena en el camino en el que ya nos hemos experimentado elegidos y respondimos con el deseo de seguir a Jesús en cada una de nuestras vocaciones

Acertar en la vida no es lo mismo que acertar la vida

Vivimos en un tiempo marcado por muchas posibilidades y, al mismo tiempo, por una gran incertidumbre. Nunca hubo tantas opciones para elegir caminos, construir proyectos o imaginar el futuro. Sin embargo, muchas personas experimentan también una profunda sensación de desorientación. En medio de tantas decisiones posibles, no siempre es fácil descubrir cuál es el camino que verdaderamente llena el corazón y da sentido a la vida.

Nuestra cultura suele medir la vida por el éxito, la eficacia o los resultados visibles. Se nos invita constantemente a acertar en la vida: elegir bien, progresar, lograr metas, asegurar estabilidad, construir un proyecto personal exitoso. Y todo eso tiene su valor.

Pero, en medio de esta búsqueda, aparece una pregunta más profunda que tarde o temprano se abre paso en el corazón humano: ¿cómo acertar la vida?

En el fondo, todos llevamos dentro esta inquietud: descubrir para qué estamos en el mundo, cuál es el camino donde nuestra vida puede desplegarse plenamente y convertirse en don. A veces confundimos dos cosas que no son lo mismo: acertar en la vida y acertar la vida.

Acertar en la vida suele significar tomar buenas decisiones, elegir bien una carrera, tener logros, reconocimiento, estabilidad, cumplir metas. Son aciertos concretos y visibles que muchas veces los demás pueden medir: un buen trabajo, proyectos que funcionan, objetivos alcanzados.

Pero acertar la vida es algo más profundo.

Uno puede acertar en muchas cosas… y, sin embargo, no acertar la vida.

Acertar la vida tiene que ver con cómo vivimos, no sólo con lo que logramos. Tiene que ver con el corazón, con el sentido, con el amor que sembramos en el camino. Es cuando nuestras decisiones están alineadas con lo que realmente somos y con el bien de los demás.

Hay personas que aparentemente “no acertaron en la vida” según los criterios del éxito, pero acertaron la vida, porque vivieron con bondad, con fidelidad y con entrega. Y también hay personas que lograron muchas cosas… pero al final sienten que algo esencial se les escapó.

Acertar la vida es aprender a amar, aprender a servir, aprender a vivir con verdad, aprender a vivir con los otros construyendo la vida que soñamos.

La tradición cristiana llama a esta búsqueda vocación. No se trata simplemente de elegir una profesión o un estilo de vida, sino de reconocer que la vida misma es una llamada. Dios sigue pronunciando nuestro nombre en medio de la historia y nos invita a descubrir el camino donde nuestra existencia puede volverse fecunda.

Por eso la pregunta más importante no es solamente: ¿Estoy acertando en la vida?
Sino algo más profundo: ¿Estoy acertando la vida?

Porque, al final, lo que permanece no son los éxitos que acumulamos, sino el amor que fuimos capaces de vivir, regalar y que ensanchó nuestro corazón.

Como decía Mons. Eduardo Pironio: “Al final de la vida no se nos preguntará cuánto tuvimos o cuánto hicimos, sino cuánto amamos. Sólo el amor queda.”

En el fondo, acertar la vida es descubrir para qué estoy en el mundo. Y esa pregunta nos introduce en una palabra central de la experiencia cristiana: la vocación.

La vocación
Toda vida es llamada

El Papa Francisco lo decía con mucha claridad: “La palabra vocación indica una llamada que incluye una misión; nos invita a ser lo que Dios ha pensado cuando nos creó.”

Por eso acertar la vida desde la vocación significa escuchar esa llamada que habita en lo profundo del corazón. No se trata de inventarse un camino, sino de discernir cuál es el camino donde nuestra vida puede florecer y dar fruto.

Francisco lo expresaba de un modo muy hermosa en Christus Vivit: “Para realizar la propia vocación es necesario desarrollarse, hacer brotar y crecer todo lo que uno es.” (CV 257)

Cada persona tiene una manera única de amar, de servir, de construir el mundo. La vocación es descubrir esa forma propia de entregar la vida.

Por eso el Papa propone una pregunta que va al centro del discernimiento:

“¿Para quién soy yo?” (CV 286)

No es solamente qué quiero hacer ni qué me gusta, sino para quién estoy llamado a vivir. Porque la vida se acierta cuando se vuelve don.

En palabras de Mons. Pironio: “La vocación es el descubrimiento gozoso de que Dios nos ama y nos llama para algo muy concreto en la vida.”

La vocación es el modo concreto de participar en el proyecto de Dios para el mundo.

Francisco lo decía con palabras muy claras: “Tu vocación es algo más que un trabajo. Es un camino para que tu vida dé fruto y transforme el mundo.” (CV 254)

La vocación en la Biblia
Dios llama desde la vida

Esta experiencia de la vocación atraviesa toda la Biblia. Desde el comienzo, la Escritura nos muestra que Dios llama, que conoce a cada persona y que confía una misión.

El profeta Jeremías expresa esta verdad de una manera muy profunda: “Antes de formarte en el vientre, te conocía; antes de que salieras del seno materno, te consagré.” (Jer 1,5)

Este texto revela algo esencial: la vocación no nace primero de una decisión nuestra, sino de la iniciativa de Dios. La vida no es un accidente ni una casualidad. Está pensada, amada y llamada por Dios desde el comienzo.

Por eso la vocación comienza siempre con una actitud interior: la escucha. El joven Samuel lo expresa con una frase sencilla que atraviesa toda la espiritualidad vocacional: “Habla, Señor, que tu servidor escucha.” (1 Sam 3,10)

La vocación empieza cuando el corazón se vuelve disponible.

En la Biblia aparece también otra enseñanza muy importante. Cuando Dios elige a David, recuerda que el criterio de Dios no es el mismo que el de los hombres: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón.” (1 Sam 16,7)

La vocación nace en el corazón, en ese lugar profundo donde se toman las decisiones más verdaderas de la vida.

En el Evangelio, la vocación aparece como un encuentro que cambia el rumbo de la existencia. Jesús pasa, mira y llama: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.” Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. (Mt 4,19-20)

La vocación no es primero un proyecto o una planificación personal. Es un encuentro con una persona. Cuando alguien se encuentra verdaderamente con Jesús, la vida empieza a reorganizarse desde ese vínculo.

Jesús mismo explica el sentido profundo de esta llamada cuando dice a sus discípulos: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca.” (Jn 15,16)

Aquí aparece una dimensión fundamental de toda vocación: dar fruto para los demás.

Pasión por Jesús y pasión por su pueblo
El corazón de toda vocación

La vocación tiene corazón. La vocación es el latido profundo que da fuerza, sentido y vida a cada instante de nuestra existencia. Es el latido interior que sostiene una vida con sentido, el impulso que orienta nuestras decisiones y mantiene viva la dirección de nuestro camino.

Cuando una persona descubre su vocación, empieza a percibir ese latido profundo que ordena la vida desde dentro y la orienta hacia el amor y el servicio.

En este horizonte aparece una frase muy fuerte del Papa Francisco que ilumina especialmente la vocación sacerdotal, pero que en realidad ayuda a comprender el corazón de toda vocación cristiana. Él habla de la vida del pastor como una vida marcada por “pasión por Jesús y pasión por su pueblo.”

Estas dos pasiones se convierten en un verdadero criterio para discernir la vida. Cuando una vocación madura de verdad, estas dos dimensiones empiezan a crecer juntas: el amor a Jesús y el amor a la gente.

No se trata de elegir entre Dios o los demás. La vocación cristiana une ambas cosas: el amor a Cristo se vuelve amor concreto por los hermanos. Así, el latido profundo de la vocación se expresa en una vida que aprende a amar a Dios y a servir a los demás.

Como decía Mons. Pironio: “No se puede amar verdaderamente a Cristo sin amar profundamente a los hombres. El amor a Dios y el amor a los hermanos son un solo amor.”

Cuando ese doble amor empieza a crecer en el corazón, la vocación encuentra su verdadero ritmo. El corazón comienza a latir al compás del Evangelio: amor a Cristo y entrega a los hermanos.

Desde esta perspectiva podemos mirar las distintas vocaciones en la Iglesia.

La vocación al matrimonio
El amor que se vuelve camino de vida

Muchos descubren que su camino para acertar la vida es la vocación al matrimonio. Allí la vida se vuelve don en la experiencia del amor conyugal y familiar.

El matrimonio es la vocación de quienes sienten que su modo de amar a Dios pasa por amar profundamente a una persona, construir una familia, cuidar la vida que nace, acompañar el crecimiento de los hijos y sostener juntos el camino de la existencia.

La misma Escritura presenta el amor matrimonial como un camino donde Dios se hace presente: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.” (Gn 2,24)

Acertar la vida en el matrimonio no significa vivir una historia perfecta, sino aprender a amar en la vida real, en lo cotidiano, en los pequeños gestos que sostienen la convivencia. Significa aprender a atravesar juntos las alegrías y las dificultades, sostenerse en los momentos de fragilidad, perdonarse cuando aparecen los errores y volver a empezar.

El Papa Francisco recordaba la belleza de esta vocación cuando decía: “El matrimonio es una verdadera vocación, porque es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo del amor entre Cristo y la Iglesia.” (Amoris Laetitia)

En el matrimonio, la pasión por Jesús se expresa en algo muy concreto: hacer del hogar un lugar donde la vida crece, donde el amor se aprende y donde la fe se transmite.

Muchas veces la santidad del matrimonio no aparece en gestos extraordinarios, sino en una fidelidad silenciosa que atraviesa los años.

Mons. Pironio lo expresaba con palabras muy sencillas y profundas: “La familia es el lugar donde el amor se hace cotidiano, donde se aprende a darse y donde la vida se vuelve escuela de comunión.”

La vocación sacerdotal
Un corazón enamorado de Cristo y entregado a su pueblo

Otros descubren que su camino es la vocación sacerdotal. Allí la frase de Francisco adquiere un significado muy profundo: pasión por Jesús y pasión por su pueblo.

El sacerdocio nace cuando una persona experimenta una fuerte atracción por Cristo y, al mismo tiempo, un profundo amor por la gente. No se trata simplemente de cumplir funciones religiosas, sino de vivir la propia existencia como una entrega pastoral.

En el Evangelio aparece con claridad esta llamada de Jesús a quienes quiere hacer partícipes de su misión: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.” (Mt 4,19)

El sacerdote nace precisamente de ese encuentro con Cristo que invita a seguirlo y a participar de su misión.

Como recordaba el Papa Francisco: “El sacerdote es un hombre de misericordia y de compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos.”

La pasión por Jesús se alimenta en la oración, en la Eucaristía, en la escucha de la Palabra, en la amistad personal con el Señor.

Y esa pasión por Jesús se transforma en pasión por su pueblo: cercanía con la gente, acompañamiento de sus alegrías y sufrimientos, anuncio del Evangelio, servicio a la comunidad.

Francisco solía decir que el sacerdote está llamado a tener el corazón del pastor, un corazón que conoce a su pueblo y camina con él.

Mons. Eduardo Pironio expresaba con gran claridad el corazón de la vocación sacerdotal: “El sacerdote es un hombre tomado por Cristo para servir a sus hermanos; un hombre enamorado de Dios y totalmente entregado a su pueblo.”

Acertar la vida en el sacerdocio significa dejar que el corazón se ensanche para llevar a muchos en él.

La vocación a la vida consagrada
Dios, el absoluto de la vida

También hay quienes descubren la llamada a la vida consagrada. Esta vocación expresa algo muy hermoso: que Dios puede llenar completamente el corazón humano.

En el Evangelio aparece claramente esta invitación de Jesús a quienes sienten el deseo de seguirlo de un modo total: “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme.” (Mt 19,21)

Quienes siguen este camino sienten que su amor por Cristo los lleva a entregarse totalmente a Él, viviendo los consejos evangélicos como un signo del Reino de Dios.

El Papa Francisco lo expresaba con mucha claridad: “La vida consagrada es un signo que muestra que Dios basta y que su amor puede llenar el corazón humano.”

La vida consagrada recuerda a la Iglesia que el amor de Dios es el verdadero tesoro y que la vida humana encuentra su plenitud cuando se abre completamente a Él.

Pero esta entrega no es una fuga del mundo. Al contrario, la pasión por Jesús se vuelve servicio al pueblo: en la misión, en la educación, en el acompañamiento espiritual, en la cercanía con los pobres, en la oración por el mundo.

Mons. Pironio lo expresaba con palabras muy bellas: “La vida consagrada es una manera radical de amar a Cristo y de servir a los hombres, recordándole al mundo que Dios es el absoluto de la vida.”

Los consagrados recuerdan a toda la Iglesia que Dios es el horizonte último de la vida.

Acertar la vida
La vida se acierta cuando se convierte en don

Al final, todas las vocaciones comparten algo en común: son distintos modos de vivir el mismo dinamismo del Evangelio.

Jesús lo expresa con una frase que atraviesa todo el Evangelio: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.” (Mc 8,35)

La vida se encuentra cuando se entrega.

Por eso acertar la vida no consiste en elegir el camino más seguro o el más exitoso según los criterios del mundo. Consiste en descubrir dónde mi corazón puede amar más profundamente.

El Evangelio lo expresa de manera muy hermosa en el diálogo de Jesús con Pedro después de la resurrección. Jesús no le pregunta primero por su capacidad ni por su éxito. Le hace una pregunta más grande: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Jn 21,16)

Y cuando Pedro responde, Jesús le confía la misión: “Apacienta mis ovejas.”

La vocación nace siempre de este movimiento: amor a Jesús que se transforma en servicio a su pueblo.

Por eso la frase del Papa Francisco resume tan bien el corazón de toda vocación: pasión por Jesús y pasión por su pueblo.

Y como decía también Mons. Pironio: “Ser cristiano es vivir apasionadamente enamorados de Cristo y entregados al servicio de los hermanos.”

Cuando esas dos pasiones crecen juntas en el corazón, la vida empieza a orientarse. Entonces poco a poco vamos descubriendo dónde nuestra existencia puede volverse más fecunda.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, en medio de las búsquedas, de las preguntas y también de las incertidumbres de nuestro tiempo, volvamos a escuchar la voz de Dios que sigue llamando en lo profundo del corazón. Cada vida es una llamada, cada historia es un camino que puede volverse fecundo cuando se abre al amor y al servicio.

Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón disponible para escuchar su voz, valentía para responder a su llamada y generosidad para entregar la vida allí donde Él nos envía. Allí donde una persona descubre su vocación y se anima a vivirla con fidelidad —en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada o en cualquier forma de servicio— el Reino de Dios comienza a hacerse presente y el mundo se vuelve un poco más humano y fraterno.

El Papa León XIV nos dice en el mensaje de este año para el Domingo del Buen Pastor:

“La vocación,…… no es una posesión inmediata, algo “dado” de una vez por todas; es más bien un camino que se desarrolla análogamente a la vida humana, en el cual el don recibido, además de ser cuidado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para poder crecer y dar fruto. «Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros».

Los animo a que todos ámbitos pastorales de la diócesis recen para que El Señor Jesús siga manifestando su gracia a través del llamado a seguirlo con generosidad en la vocación que cada uno descubra y que en este año podamos reflexionar con la guía del Espíritu ese camino de “Vida en abundancia” que Él nos invita a transitar.

Pidamos a Nuestra Madre del Buen Viaje que nos ayude a decir si, como ella lo hizo con generosidad y que a cada uno nos de la gracia de vivir nuestra vocación amando plenamente en el lugar en el Dios nos soñó.

Padre Obispo Alejandro Pablo Benna
Obispo de Morón