La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas,  difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

El Greco. La curación del ciego de nacimiento. Hacia 1570 – 1575. Óleo sobre tabla. 65.5 x 84 cm. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Alemania.

Preparación espiritual

Espíritu Santo, condúceme en este camino hacia la Pascua.
Espíritu Santo, llévame a la Buena noticia que hoy escucho.
Espíritu Santo, impúlsame al encuentro con mis hermanos.
Espíritu Santo, sorpréndeme con lo que Jesús
quiera regalarme en este encuentro.

Amén.

Evangelio según San Juan 9, 1-9.13-17.34-38 |Domingo 15 de marzo de 2026. Cuarto domingo de cuaresma. Ciclo A

1 Al salir del Templo, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. 2 Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego?, ¿él o sus padres?». 3 Jesús contesto: «Ni el pecó ni sus padres, sino que nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. 4 Mientras es de día debemos trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, entonces nadie podrá trabajar. 5 Mientras estoy en el mundo yo soy la luz del mundo». 6 Dicho esto escupió en tierra, hizo barro con la saliva, puso el barro sobre los ojos del ciego 7 y le ordenó: «¡Ve a lavarte a la piscina de Siloé!» (que significa «Enviado»). Él fue, se lavó y, cuando regresó, ya podía ver. 8 Los vecinos y los que antes lo habían visto pedir limosna, porque era mendigo, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a mendigar?». 9 Unos decían: «Sí, es este»; otros replicaban: «No, es uno que se le parece». Él les decía: «Soy realmente yo». 13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, 14 porque el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos era sábado. 15 Por esto los fariseos le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les contesto: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y ahora veo». 16 Entonces algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «Pero, ¿Cómo puede un pecador hacer tales signos?». Y se produjo una división entre ellos. 17 Entonces volvieron a interrogar al ciego: «Y tú, ¿qué dices de él, ya que te abrió los ojos?». El respondió: «¡Que es un profeta!». 34 Ellos le contestaron: «Tú naciste lleno de pecado, ¿y vienes a darnos lecciones?». Y lo echaron fuera. 35 Jesús se enteró de que lo habían echado fuera y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». 36 Él le contesto: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». 37 Jesús le dijo: «Ya lo has visto: el que está hablando contigo». 38 Entonces él exclamo: «¡Creo, Señor!». Y se postró ante Jesús.

Algunas preguntas para una lectura atenta 

1) ¿Qué le preguntan los discípulos a Jesús sobre el ciego de nacimiento?
2) ¿Qué les responde Jesús y qué hace con el ciego?
3) ¿Cómo reaccionan los vecinos y los fariseos ante la curación del ciego?
4) ¿Qué dice el ciego sobre Jesús a los que lo interrogan?
5) ¿En quién termina creyendo el ciego ya curado?

Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini 

El evangelio comienza describiendo un hecho concreto y particular: Jesús ve a un hombre, ciego de nacimiento, le unta los ojos con barro hecho con saliva y lo manda a lavarse en la piscina de Siloé, que significa «Enviado». El ciego se lava allí y comienza a ver. Este milagro o signo desata una serie de reacciones y opiniones encontradas, que en el fondo giran en torno a la identidad de Jesús.

Este evangelio, al igual que el del domingo anterior, es cristológico y bautismal. En el texto aparecen los pasos de una cristología ascendente pues Jesús es reconocido por el ciego primero como un profeta (v. 17); luego como alguien que viene de Dios (v. 33) y al final termina con un acto de fe en el Hijo del Hombre: “Creo, Señor” (v. 37). Además, esta narración está ubicada en el contexto de la Fiesta de la Tiendas (Jn 7-10) durante la cual Jesús se proclama como “luz del mundo” (cf. Jn 8,12; 9,5).

El tema bautismal, íntimamente ligado al cristológico, está patente en la referencia a la piscina de Siloé y en la curación de la ceguera. El milagro no se produce sólo con el gesto de Jesús de ponerle barro en los ojos (y que algunos Padres por la presencia del barro lo remiten a Gn 2 dándole el sentido de una nueva creación); sino con el lavado en la fuente de Siloé, del enviado. La curación pone de relieve, entonces, la referencia al Bautismo como purificación e iluminación. Notemos también que el evangelista Juan «juega» con dos niveles de significación de la ceguera y de la visión. Por un lado, está la ceguera física del ciego de nacimiento, que no obstante por tener fe puede ver a Jesús como el enviado del Padre. Por otro están los fariseos que físicamente ven, pero espiritualmente están ciegos pues se cierran a creer en Jesús. Podemos decir que el ciego, como el catecúmeno, ha hecho un camino de las tinieblas a la Luz de la fe en Cristo. Es para resaltar la iniciativa gratuita de Jesús de curar al ciego de nacimiento dejando en claro que la fe es en primer lugar un don: porque recibe la luz, porque es iluminado, puede ver/creer en Jesús.

Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?

Este cuarto domingo de cuaresma es el domingo de la alegría y está dominado
por el tema de la LUZ. La luz es uno de los dones fundamentales de la existencia: es
posibilidad de ver las cosas y de estar orientado. De modo especial en la Biblia la luz
está relacionada con Dios, con la Verdad y con la Vida; y en contraposición a la luz, las
tinieblas están relacionadas con el pecado, la mentira y la muerte. Más puntualmente
en el evangelio de Juan el simbolismo de la luz sirve para expresar tanto la persona de
Jesús como su obra; mientras el término “tinieblas” representa al pecado y a la
incredulidad.

El evangelio del domingo pasado buscaba despertar en nosotros la sed de Dios al mismo tiempo que nos revelaba a Jesús como fuente del agua viva, definitivo pozo donde podemos encontrar plenamente la manifestación del Padre. El evangelio de este domingo nos enseña que nuestro deseo de conocer a Dios (conocer en el sentido bíblico de entrar en comunión con lo conocido) por sí solo no es suficiente. Necesitamos el DON de la FE, la iluminación de Dios. O con las palabras del mismo evangelio: necesitamos que Jesús nos cure la ceguera, sólo él puede permitirnos ver, o sea, creer. El ciego representa al hombre que no ha recibido la fe, que no puede ver y por eso lleva una vida infeliz. En cierto sentido, todos somos ciegos de nacimiento. A pesar de nuestro vivo deseo de alcanzar a Dios, de nuestra sed del agua viva, no está en nuestras manos el poder ver. Necesitamos ser iluminados por Cristo; necesitamos el “colirio de la fe” (San Agustín) para recuperar la vista. Necesitamos lavarnos en la piscina de Siloé, del Enviado del Padre que es Jesús, participar en su misterio pascual por medio del bautismo. Y esta posibilidad de ver conlleva un nuevo modo de vivir, una vida nueva fruto de una conversión verdadera, de corazón. Y esto sólo es posible si permitimos que Cristo nos ilumine y disipe las tinieblas de nuestro corazón. Y también nos señala el evangelio que hay una ceguera que es pecado: la ceguera como actitud de rechazo obstinado y culpable de la luz que encarnan los fariseos (cf. Jn 3,19-21). Sobre esta ceguera podemos decir con G. Thibon: «No es la luz la que falta a nuestra mirada, sino nuestra mirada la que falta a la luz». Esta ceguera, cuya raíz fontal es el pecado, es producida por nuestras pasiones y la describe certeramente el lenguaje popular cuando habla de los “ciegos de ira”, de los que viven “cegados por la ambición”, de algunos amores que son ciegos y “ponen una venda sobre los ojos”, de las personas “que tienen una mirada turbia”. La gracia, la LUZ que es Jesús, viene a curarnos de esta ceguera. El evangelio de hoy nos anticipa y nos orienta hacia la vigilia de Pascua con su “liturgia de la luz” donde haremos el hermoso gesto que representa la victoria de la Luz de Cristo sobre las tinieblas del pecado.

El Papa León XIV declaró el 1° de noviembre de 2025 a San John Henry Newman como doctor de la Iglesia y en la homilía recordó una conocida poesía/oración suya “Guíame luz amable! (“Lead, Kindly Light”) que vale la pena citar entera: «Guíame, bondadosa luz. Guíame, Señor, mi luz, en las tinieblas que me rodean, ¡guíame hacia delante! La noche es oscura y estoy lejos de casa: ¡Guíame Tú! ¡Dirige Tú mis pasos! No te pido ver claramente el horizonte lejano: me basta con avanzar un poco. No siempre he sido así, no siempre Te pedí que me guiases Tú. Me gustaba elegir yo mismo y organizar mi vida pero ahora, ¡guíame Tú! Me gustaban las luces deslumbrantes y, despreciando todo temor, el orgullo guiaba mi voluntad: Señor, no recuerdes los años pasados. Durante mucho tiempo tu paciencia me ha esperado: sin duda, Tú me guiarás por desiertos y pantanos, por montes y torrentes hasta que la noche dé paso al amanecer y me sonría al alba el rostro de Dios: ¡tu Rostro, Señor!».

Y más adelante decía el Papa León XIV en esa homilía: “La vida se ilumina no porque seamos ricos, bellos o poderosos. Se ilumina cuando uno descubre en su interior esta verdad: Dios me ha llamado, tengo una vocación, tengo una misión, mi vida sirve para algo más grande que yo mismo. Cada criatura tiene un papel que desempeñar. La contribución que cada uno tiene para ofrecer es de un valor único, y la tarea de las comunidades educativas es alentar y valorar esa contribución”.

Este domingo es una invitación para agradecer la iluminación que el Señor nos ha dado, nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha hecho entrar en el Reino de la luz. Basta recordar los momentos de oscuridad y confusión que hemos pasado para agradecer al Señor su LUZ.

Continuamos la meditación con las siguientes preguntas: 

1. ¿He sentido la angustia que me provoca la oscuridad, el no saber por dónde ir?
2. ¿He gozado de la alegría de tener la LUZ de la vida que Jesús me comunica?
3. ¿He experimentado la necesidad del don de la fe para poder creer?
4. ¿He conocido la ceguera del pecado y cómo vuelve la Luz al experimentar el perdón del Señor?
5. ¿Soy consciente de que si camino en la luz puedo iluminar la vida de los demás?

Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto? 

Gracias Jesús por la fe.

Quiero que Tu luz, la que recibí en el bautismo,
me ilumine.

Si ando por caminos oscuros, sácame.
Si tambaleo, que sienta tu compañía y crezca en firmeza.
Si me encandilan otras luces, dame lucidez.
Si lo oscuro gana, sé Tú mi luz.
Si otros hermanos están en tiniebla,
dame el don de irradiarte.
Hoy también, quiero ver, verlos y verte.

Amén

Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Jesús, cura mi ceguera para que pueda ver.

Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Durante esta semana me propongo identificar aquello que me cuesta ver a mi alrededor: personas, necesidades, gestos desapercibidos.
Pido la gracia de mirar lo cotidiano con ojos de fe.

Bítcacora de grandes Lectionautas

“La fe de los hombres queda sellada en sus acciones, les modela sus facciones y les resplandece la mirada”, (Santo Tomás de Aquino).