La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas, difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

Jean-Marie Melchior Doze. Jesús curando el leproso. Óleo sobre lienzo, 135 x 105 cm. Museo de Bellas Artes de Nimes, Francia.
Preparación espiritual
Espíritu Santo, manifiéstate una vez más.
Espíritu Santo, dame un corazón que escuche.
Espíritu Santo, úngeme con Tu perfume inconfundible.
Espíritu Santo, hazme experimentar mi bautismo
y envíame a llevar tu Palabra en este mes misionero.
Amén.
Evangelio según San Lucas 17, 11,19. | 28° domingo del Tiempo Ordinario
11 Mientras iba a Jerusalén, Jesús atravesaba los confines de Samaría y Galilea.
12 Al entrar en una ciudad le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia 13 y le gritaron diciendo: «¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!». 14 Jesús los vio y les dijo: «¡Vayan a presentarse a los sacerdotes!». Mientras iban quedaron purificados de su lepra. 15 Uno de ellos, al ver que había quedado sano, volvió glorificando a Dios a grandes voces, 16 y le dio gracias a Jesús postrándose ante él. Este hombre era un samaritano.
17 Jesús preguntó: «¿No eran diez los que quedaron purificados? ¿Dónde están los otros nueve? 18 ¿Solo este extranjero volvió para glorificar a Dios?». 19 Después le dijo: «¡Levántate! Te puedes ir, tu fe te ha salvado».
Algunas preguntas para una lectura atenta
1. ¿Quiénes se acercan a Jesús y por qué se quedan a cierta distancia?
2. ¿Qué le piden a Jesús estas personas?
3. ¿A dónde los manda Jesús y qué les sucede en el camino?
4. ¿Qué hace uno de ellos al verse curado; de dónde era originario?
5. ¿Qué pregunta Jesús y por qué? ¿Qué le dice al único que regresó?
Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini
Jesús va camino a Jerusalén y antes de entrar en un poblado le salen al encuentro diez leprosos, quienes se quedan a distancia y alzan su voz. Para comprender esta escena tenemos que recordar que el leproso era considerado impuro y debía vivir fuera de la comunidad. Más aún, no debía acercarse a ningún hombre sano por el peligro de contagio. Es decir, la enfermedad de la lepra tenía una dimensión o consideración religiosa al punto que ser leproso es un signo claro de ser un hombre alejado de Dios y apartado de la comunidad de salvación.
El grito de ayuda de los leprosos a Jesús, «ten misericordia de nosotros», recuerda la invocación de los Salmos dirigida a Dios (por ej. Sal 40,5; 50,3-4).
La respuesta de Jesús es una mirada compasiva y una orden: «Vayan a mostrarse al sacerdote». Sucede que esta enfermedad al provocar la impureza cultual tenía que ser diagnosticada por el sacerdote. E igualmente correspondía a los sacerdotes confirmar su curación y permitir el reingreso a la comunidad declarando puro al leproso curado. Según esto, queda claro que la orden de Jesús era que se presenten al sacerdote para que certifique la curación de los leprosos. Los diez se ponen en camino, por lo que han demostrado tener fe en la Palabra de Jesús. Y en el camino quedan curados, «purificados», los diez.
Ahora bien, de los diez sólo uno regresa a Jesús; y sólo éste es declarado «salvado» por su fe. A los otros nueve la fe inicial en Jesús los llevó sólo hasta obtener la curación-purificación, pero no les alcanzó para la salvación. Como bien dice F. Bovon: “Si la fe no va acompañada de gratitud no es verdadera fe. Continúa ligada al milagro, y no se eleva hasta la salvación”.
La anotación de que el leproso curado era un samaritano sirve para indicar la misericordia de Dios que va más allá de la elección de Israel con una apertura universalista.
La frase final de Jesús es muy importante porque pone prácticamente como sinónimos el darle gracias a Él con el dar gloria a Dios. Y de aquí se puede deducir que dando gracias a Jesús se está glorificando a Dios: se trata de una confesión de fe en la divinidad de Jesús.
Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?
El evangelio del domingo pasado nos invitaba a pedir un aumento de fe, para creer más y mejor. Hoy se nos muestra el proceso de la fe, sus etapas o pasos.
Los diez leprosos del evangelio se acercan a Dios, por medio de Jesús, buscando una gracia, una salida ante una situación dolorosa y desesperada que los margina. El enfermo de lepra es el símbolo del hombre separado de Dios (no puede darle culto ni participar de la asamblea religiosa) y segregado por los hombres (debe vivir fuera de la ciudad y no puede acercarse a ningún sano).
Todos ellos creen en la Palabra de Jesús, todos obedecen a la orden recibida y se ponen en camino para ver al sacerdote. Esto es realmente un acto de fe. Un primer e importante acto de fe. Y todos reciben la curación de parte de Dios. Obtienen lo que habían buscado y pedido con fe. Los nueve leprosos se quedaron aquí. Sólo fueron curados, mientras sólo uno tomó plena conciencia de que se trataba de un don recibido: «viéndose curado». Por eso enseguida pega la vuelta y alaba a Dios, se olvida un poco de sí y se vuelve a Dios quien ha tenido compasión de él. Esto es justamente la alabanza. Y aquí encuentra la salvación.
El leproso samaritano es imagen del creyente completo pues no sólo fue sanado sino también salvado. ¿Cuál es la diferencia? Que la salvación incluye la relación personal con Jesús y, por medio de Él, con el Padre.
Al respecto dice el Papa Francisco en su homilía del 9 de octubre de 2022: “El samaritano hizo del don recibido el inicio de un nuevo camino; regresó donde Aquel que lo había sanado, fue a conocer de cerca a Jesús y comenzó una relación con Él. Su actitud de gratitud no fue, pues, un simple gesto de cortesía, sino el inicio de un camino de gratitud. Se postró a los pies de Cristo (cf. Lc 17,16), es decir, realiza un gesto de adoración, reconoció que Jesús es el Señor, y que Él era más importante que la curación que había recibido.
Y esta, hermanos y hermanas, es también una gran lección para nosotros, que nos beneficiamos de los dones de Dios todos los días, pero que a menudo seguimos nuestro propio camino, olvidándonos de cultivar una relación viva, real con Él. Esa es una fea enfermedad espiritual, dar todo por sentado, incluso la fe, incluso nuestra relación con Dios, hasta el punto de convertirnos en cristianos que ya no saben asombrarse, que ya no saben decir “gracias”, que no muestran gratitud, que no saben ver las maravillas del Señor. “Cristianos superficiales”, como decía una señora que conocí. De esta manera, acabamos pensando que todo lo que recibimos cada día sea obvio y merecido. La gratitud, el saber decir “gracias”, nos lleva en cambio a atestiguar la presencia de Dios-amor. Y también a reconocer la importancia de los demás, superando la insatisfacción y la indiferencia que deforman nuestro corazón. Saber dar las gracias es esencial. Todos los días, dar gracias al Señor, aprender a darnos las gracias entre nosotros: en la familia, por esas pequeñas cosas que recibimos a veces sin ni siquiera preguntarnos de dónde vienen; en los lugares que frecuentamos cada día, por los muchos servicios que disfrutamos y por las personas que nos apoyan; en nuestras comunidades cristianas, por el amor de Dios que experimentamos a través de la cercanía de los hermanos y hermanas que muchas veces en silencio rezan, ofrecen, sufren, caminan con nosotros. Por favor, no olvidemos nunca esta palabra clave: ¡Gracias! No nos olvidemos de escuchar y decir “gracias”.
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
1. ¿He experimentado que el Señor respondió a un pedido que le hice con mucha fe
y confianza?
2. ¿Una vez recibida la gracia pedida, la supe agradecer?
3. ¿Reconozco las gracias que cotidianamente Dios me da?
4. ¿Soy agradecido con el Señor y lo alabo por su bondad para conmigo?
5. ¿Mi camino de fe llega hasta la búsqueda de la comunión con Jesús y la
alabanza?
Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?
Gracias Jesús por sanarme.
Te presento una a una mis lepras.
Eso que me margina, lo que me marca y no me deja ser.
Sáname a mí también.
Que me olvide de mí y te ubique en el centro.
Que no lo dé por descontado; hoy también te digo:
¡Gracias Señor!
Amén.
Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Jesús, ayúdame a pegar la vuelta y darte gracias siempre.
Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Durante esta semana me propongo hacer más consciente el agradecimiento, diciendo
“gracias” y mirando a los ojos.
Bitácora de grandes Lectionautas
“Sin un ejercicio de gratitud constante sólo acabaremos por hacer la lista de nuestras caídas y opacaremos lo más importante, es decir, las gracias que el Señor nos concede cada día”, (Papa Francisco).