La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas,  difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

Juan José Palomino (Hacia 1697). El sueño de San José.  Óleo sobre tela, 159 cm X 103 cm. Museo del Prado.

Preparación espiritual

Espíritu Santo, hazte presente en este encuentro con la Palabra.
Espíritu Santo, derrámate en este momento
y en cada lugar donde me encuentre.
Espíritu Santo, toca mi corazón en este tiempo de esperanza.
Espíritu Santo, ayúdame a buscar el sentido de lo eterno
junto a mis hermanos.
Amén.

Evangelio según San Mateo 1, 18-24. |Tercer domingo de adviento. Ciclo A

18 El origen del Mesías fue de esta manera. María, su madre, estaba comprometida en
matrimonio con José y, antes de que ellos empezaran a vivir juntos, sucedió que ella
esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19 Su marido José, que era justo, no queriendo denunciarla, decidió romper su compromiso en secreto. 20 Así lo tenía pensado cuando en sueños el Ángel del Señor se le apareció y le dijo: «José, hijo de David, no temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
22 Todo esto sucedió para que se cumpliera el anuncio del Señor por medio del profeta, que dice: 23 Miren que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre
Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros. 24 Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el Ángel del Señor le había mandado, recibió a su mujer.

Algunas preguntas para una lectura atenta 

1. ¿Qué tipo de vínculo tenían María y José?
2. ¿Qué le sucede a María y qué piensa hacer José ante esta situación?
3. ¿Qué le revela el ángel del Señor a José y qué le pide que haga?
4. ¿Cuál es la identidad del niño que nacerá y qué profecía se cumple en él?
5. ¿Qué termina haciendo José?

Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini 

Mateo en estos versículos quiere enseñar que Jesús es mucho más que el
descendiente de David y de Abrahan según su genealogía, porque es el Hijo de Dios;
y lo hace narrándonos cómo fue engendrado. Tanto el versículo 18 como el 25
insisten en la concepción virginal de Jesús afirmando que, si bien María estaba
desposada con José, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Mateo, al decir
que María estaba desposada con José pero que todavía no habían empezado a vivir
juntos, está describiendo las costumbres propias de aquella época y cultura. En efecto, el matrimonio judío de entonces se realizaba en dos momentos. Primero tenían lugar los desposorios cuando se firmaba el «contrato matrimonial» y donde era fuerte la intervención de los padres pues la novia solía tener doce o trece años. Al cabo de un tiempo tenía lugar el segundo momento que era el traslado formal de la esposa a la casa del esposo y comenzaban a vivir juntos. El hecho narrado por Mateo sucedió entre estos dos momentos, pues claramente se señala que estaban desposados pero que todavía no convivían, no tenían vida en común. El versículo 19 nos describe la reacción de José ante el embarazo de María, que es divorciarse y despedir a María, pero en secreto, para que ella no sufra el castigo que según la ley de Israel le correspondía a la mujer que no llegaba virgen a su matrimonio. Podemos suponer que fue la única salida que encontró José, ante esta inesperada y confusa situación, para obrar sin faltar a la Ley de Dios ni causar un perjuicio mortal a María. Sin duda era un hombre justo.

Entonces interviene Dios, por medio de un ángel, para disipar las dudas y temores de José, y le revela lo que tiene que hacer: recibir-tomar a María como esposa. Esto implica llevar a cabo el segundo momento del matrimonio judío: que el marido lleve a su esposa a su casa. Y la motivación o justificación de esta acción está en que María ha concebido por obra del Espíritu Santo, el embarazo es obra de Dios (cf. 1,18). Más aún, se le ordena ponerle al niño el nombre de Jesús cuyo significado según la etimología popular es «Dios Salva», de aquí la misión del niño. En los versículos 22-23 se nos dice que todo esto sucede como cumplimiento de la profecía de Isaías Is 7,14 que afirma que una virgen dará a luz un hijo y que se le pondrá el nombre de “Enmanuel, Dios con nosotros”.

En los versículos 24-25 se nos relata cómo José, una vez despierto del sueño, cumple al pie de la letra lo que le fue ordenado por el ángel, es decir por el Señor. En síntesis, en este texto se declara específicamente la filiación divina de Jesús, quien es presentado como el Hijo de Dios. Esta identidad profunda de Jesús la atestigua la Escritura que se cumple en Él y la confirma la revelación del ángel del Señor. Además de revelarnos quién es Jesús – «hijo de David» e «hijo de Dios» – esta narración nos explica cómo llegó a serlo. Así, es “hijo de David” por relación a su padre adoptivo, José, quien pertenecía a la familia de David, según quedó establecido en la genealogía. Es “hijo de Dios” porque fue concebido virginalmente, sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo.

Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?

El evangelio de este domingo previo a la Navidad nos presenta ya claramente la identidad de Aquel que viene a nosotros: el Enmanuel, “Dios con nosotros”; Jesús, “el Hijo de Dios que nos salva”.

La gran cuestión es si verdaderamente estamos experimentando la necesidad de esta salvación de Dios. El mundo parece no necesitarla y la desprecia. Pero en el fondo, ¿es realmente así? ¿Se siente profundamente feliz el corazón del hombre si sólo recibe regalos materiales y la bondad de papa Noel? ¿No desea algo más, no tiene necesidad de algo más? Por eso es tan importante estar ubicados, parados, en el lugar por el cual el Señor pasará y al cual vendrá. Para nosotros este lugar es la necesidad de ser salvados, de ser amados, de ser aceptados incondicionalmente. Hay que tener valor para entrar en lo profundo de nuestro corazón donde la necesidad de salvación se expresa con variadas voces que gritan a Dios con nombres diversos, pero que en el fondo claman sólo por Él. Si descubrimos que hay en nuestro corazón pecado, gritaremos pidiendo Su perdón. Si hay inquietud o angustia, pediremos la paz del corazón, la armonía interior. Si hay soledad, pediremos Su presencia, Su amor y Su consuelo. Este no es otro que el camino de las bienaventuranzas, de los pobres de espíritu a los que Jesús promete el Reino. Si habitamos allí, hasta allí llegará el Señor con sus dones de paz y alegría interior. Como nos dice Benedicto XVI: «La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento»» (Spe Salvi no 27).

La salvación no es sólo un hecho divino, es una Persona divina. Este es el objeto propio de nuestra esperanza cristiana. Esperamos al mismo Hijo de Dios, infinitamente más grande que nuestras aspiraciones y nuestros méritos. Y ante esta realidad tan grande vamos a sentir duda y temor como sintió san José; pero él las superó con un gran acto de fe y de plena obediencia a la Palabra de Dios. Por tanto, el momento de oscuridad y confusión que pasó San José nos debe ayudar a dar un paso más en nuestra fe, sabiendo que el camino de salida está en escuchar y obedecer a Dios más allá de nuestras noches. Al respecto dijo el Papa Francisco en el ángelus de 18 de diciembre de 2022: “¿qué nos dice José hoy a nosotros? También nosotros tenemos nuestros sueños, y quizá en Navidad pensamos más en ellos, los discutimos juntos. Quizá añoramos algunos sueños rotos, y vemos que las mejores esperanzas a menudo deben enfrentarse a situaciones inesperadas, desconcertantes. Y cuando esto sucede, José nos indica el camino: no hay que ceder a los sentimientos negativos, como la rabia y la cerrazón, ¡este es un camino equivocado! Por el contrario, debemos acoger las sorpresas, las sorpresas de la vida, incluidas las crisis… Cuando se habita la crisis sin ceder a la cerrazón, a la rabia y al miedo, teniendo la puerta abierta a Dios, Él puede intervenir. Él es experto en transformar las crisis en sueños: sí, Dios abre las crisis a perspectivas nuevas que no imaginábamos, quizá no como nosotros nos esperamos, sino como Él sabe. Y estos son, hermanos y hermanas, los horizontes de Dios: sorprendentes, pero infinitamente más amplios y hermosos que los nuestros. Que la Virgen María nos ayude a vivir abiertos a las sorpresas de Dios”.

En fin, bien podemos considerar como dirigidas a nosotros las palabras que le dice el ángel a José: «no temas recibir a María». No temamos recibir a María y con Ella al Niño Dios. Si lo recibimos de las manos de María, desaparecen el temor y el temblor pues en María Dios se hace carne, se hace humano, se hace cercanía y ternura.

Continuamos la meditación con las siguientes preguntas: 

1. ¿A quién espero en esta Navidad, quién es Jesús para mí?
2. ¿Creo realmente que es el Hijo de Dios hecho hombre que viene a salvarme?
3. ¿Siento la necesidad de la salvación de Dios? ¿Cómo la expreso?
4. ¿He tenido alguna experiencia de recibir a Jesús por María?
5. ¿Mi fe me hace vivir en la distancia y el miedo a los demás; o en la cercanía y
ternura que Jesús y la Virgen me manifiestan?

Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto? 

Gracias Jesús por hacerte hombre, por ser “Dios con nosotros”
Gracias por María y por José.
Que pueda y podamos experimentar
la liberación de aquello que nos ata, que nos esclaviza.

Sólo Vos puedes regalármela.
Ubícame para que podamos recibirte, encontrarte.
Que en comunidad podamos ser sensibles a Tu Ternura,
a tus caricias, a tus abrazos.
Amén.

Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Jesús, haz que no tema a la ternura.

Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Durante esta semana me propongo abrazar o acariciar a alguien con quien comparto a
menudo.

Bitácora de grandes Lectionautas 

«Se hace hombre, ha venido a nuestro mundo, todo esto por mí”, San Ignacio de Loyola.