La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas,  difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

Leandro Bassano. Lázaro y el rico epulón. Museo Nacional del Prado. Óleo sobre lienzo,  150 x 202 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado

Preparación espiritual

Espíritu Santo, ora en mí.
Espíritu Santo, ora en mi comunidad.
Espíritu Santo, ora en el pueblo Dios.
Espíritu Santo, ora junto a todos y en todos
para que este mes de la Biblia
sea tiempo de escucha, gracia y misión compartida.

Amén.

Evangelio según San Lucas 16, 19-31 | 26° domingo del Tiempo Ordinario

19 «Había un hombre rico que se vestía con ropa fina y lino, y cada día celebraba grandes banquetes. 20 Junto a la puerta del hombre rico se hallaba tirado un pobre, cubierto de llagas, llamado Lázaro, 21 a quien los perros iban a lamer sus llagas, y que deseaba saciar su hambre con las migajas que caían de la mesa del rico.

22 Un día, el pobre murió y los ángeles lo llevaron y lo pusieron junto a Abrahán. El rico también murió y fue sepultado. 23 Cuando estaba en el abismo, en medio de los tormentos, levantó la mirada y, desde lejos, vio a Abrahán y a Lázaro, que estaba a su lado. 24 Entonces gritó con fuerza: “¡Padre Abrahán!, te ruego que te compadezcas de mí y envíes a Lázaro para que moje con agua la punta de su dedo y me refresque la boca, porque este fuego me atormenta”. 25 Abrahán le respondió: “Hijo, recuerda que recibiste bienes en tu vida y Lázaro, en cambio, recibió males. Ahora él recibe el consuelo, mientras que tú eres torturado. 26 Además, entre nosotros y ustedes hay un gran abismo, de modo que los que
quieren pasar de aquí a donde están ustedes no pueden hacerlo, como tampoco se puede
cruzar desde allí a donde estamos nosotros”.

27 Entonces el rico le dijo: “Te ruego, padre Abrahán, que lo mandes a casa de mi familia, 28 donde tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormentos”. 29 Abrahán le dijo: “Tienen a Moisés y a los Profetas, ¡que los escuchen!” 30 El rico replicó: “No lo harán, padre Abrahán, pero si alguno de los muertos va a visitarlos se convertirán”. 31 Y Abrahán le respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos tampoco se convertirán».

Algunas preguntas para una lectura atenta 

  1. ¿Cuáles son los dos personajes de la parábola y cómo se lo describe a cada
    uno de ellos?
  2. ¿Qué les sucede a ambos? ¿Las diferencias sociales en la tierra se mantienen
    en el seno de Abraham o cambian para los personajes?
  3. ¿Qué le pide el hombre rico a Abraham y qué le responde este?
  4. ¿Qué otra cosa le pide el hombre rico a Abraham y qué respuesta obtiene?
  5. ¿Qué hace falta para convertirse según esta parábola?

Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini 

La parábola del domingo pasado estaba dirigida a los discípulos; ésta, en cambio, a los fariseos. Un primer dato a tener en cuenta.

La parábola se divide en dos partes. En la primera (16,19-22) se contrapone la situación y el estilo de vida de dos hombres: un rico – sin nombre – que banqueteaba diariamente (de aquí el título que se le ha dado de Epulón, que en latín significa «el que da banquetes») y que vestía ostentosamente; y un pobre, de nombre Lázaro, cubierto de llagas y que estaba tirado en la puerta de la casa del rico y que no recibía ni siquiera las migas del banquete. El rico estaría rodeado de gente en los banquetes, a Lázaro sólo los perros se le acercan para lamer sus llagas.

Tan distintos en su forma de vivir, la muerte los sorprende a ambos, igualándolos ante el destino común de todos los mortales. Pero sucede que después de la muerte el juicio de Dios los vuelve a distinguir: el pobre es llevado por los ángeles al seno de Abraham, «figura con la que los judíos representaban la compañía de los santos, gozando de su intimidad y de su afecto»; mientras que el rico es, simplemente,
sepultado, «cayó en los tormentos del mundo de los muertos, representado por un pozo de fuego. La parábola crea una incógnita para los lectores, porque no se ha dicho que Lázaro y el rico hayan sido merecedores de esta distinta suerte por haber sido uno más bueno o más malo que el otro» (L. H. Rivas).

Comienza entonces la segunda parte (16,23-31) donde también se contrapone la situación de ambos después de la muerte. Ahora el rico sufre tormentos mientras Lázaro descansa en el seno de Abraham. Es evidente la inversión de las situaciones. Ahora que la está pasando mal, el rico se acuerda de la existencia del pobre Lázaro y es él quien suspira por unas gotas de agua. El rico implora piedad para con él, pero ya es demasiado tarde pues no es posible cambiar de destino después de la muerte. Abraham le recuerda que había recibido sus bienes en vida. ¿Y de quién los recibió? Al parecer, según la clásica mentalidad bíblica, podemos decir que había recibido los bienes de parte de Dios. Por lo cual el pecado no está en haber tenido muchos bienes, que son dones de Dios, sino en haberlos gozado de modo egoísta y ostentoso, sin preocuparse de los demás, en especial del pobre-prójimo Lázaro. Aquí se da la razón del diferente trato que reciben después de la muerte el rico y el pobre Lázaro.

Dando por perdida su causa personal, el rico se preocupa por sus hermanos que viven en situación similar a la suya y no quiere que terminen igual que él. Vuelve a pedirle a Abraham que utilice a Lázaro de emisario, pero ahora para prevenir a sus hermanos. La respuesta de Abraham es una negativa indirecta: «tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen». Sabemos que en la Torá (Moisés) y en los profetas abundan las prescripciones sobre la ayuda al pobre, al huérfano y a las viudas; junto con la condena al uso egoísta de los bienes. Es suficiente con escucharlos.

El rico persiste en que si se les aparece un muerto se convertirán (verbo metanoeō). La respuesta de Abraham es lapidaria: «Si no escuchan a Moisés y los profetas, aunque un muerto resucite, no se persuadirán».

Más allá de la ficción, la parábola quiere dejar este importante mensaje para los que estamos «vivos»: hay que leer las Escrituras, hay que escuchar la voz de Dios para que se nos cambie el corazón y aprendamos a compartir lo que tenemos, lo que se nos ha dado como administradores en esta vida.

Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?

La parábola de hoy nos enfrenta con un mensaje claro sobre la certeza del juicio de Dios al final de nuestra vida; y sobre su modo de retribuir a cada uno según lo que haya recibido y lo que hizo con estos dones. En efecto, la intención principal de la parábola es la de advertir a los hombres que viven como el rico de la parábola llamándolos a la conversión mediante la escucha de la Palabra de Dios, antes de que
sea demasiado tarde; pues si no se convierten terminarán muy mal.

Así también la interpreta Benedicto XVI en su encíclica «Dios es amor» no 15: «El rico epulón (cf. Lc 16, 19-31) suplica desde el lugar de los condenados que se advierta a sus hermanos de lo que sucede a quien ha ignorado frívolamente al pobre necesitado.

Jesús, por decirlo así, acoge este grito de ayuda y se hace eco de él para ponernos en guardia, para hacernos volver al recto camino». Además del llamado a la conversión, la parábola “es al mismo tiempo una exhortación al amor a los pobres y a la responsabilidad que debemos tener respecto de ellos, tanto a gran escala, en la sociedad mundial, como en el ámbito más reducido de nuestra vida diaria” (J. Ratzinger). Como notamos, recién después de la muerte, cuando está sufriendo, el rico «ve» al pobre Lázaro. Por tanto, al rico le faltó compasión y caridad, porque le faltó, ante todo, un corazón que ve. Queda patente que uno de los peores peligros de la riqueza es que causa ceguera hacia Dios y sus mandamientos; y hacia el prójimo necesitado. Hoy diríamos que provoca insensibilidad del corazón. Bien podemos considerar como la actitud positiva y diametralmente opuesta a la del rico epulón la del buen samaritano, que «vio y se conmovió».

Podemos terminar recogiendo la advertencia del Papa Francisco en su homilía del 25 de septiembre de 2025: “Qué triste también hoy esta realidad, cuando confundimos lo que somos con lo que tenemos, cuando juzgamos a las personas por la riqueza que tienen, por los títulos que exhiben, por los roles que cubren o por la marca del vestido que usan. Es la religión del tener y aparentar, que a menudo domina
la escena de este mundo, pero que al final nos deja con las manos vacías: siempre. A este rico del Evangelio, de hecho, no le ha quedado ni el nombre. Ya no es nadie. Al contrario, el pobre tiene un nombre, Lázaro, que significa “Dios ayuda”. Incluso en su condición de pobreza y de marginación, él puede conservar íntegra su dignidad porque vive en la relación con Dios. En su mismo nombre hay algo de Dios y Dios es la esperanza inquebrantable de su vida”.

Continuamos la meditación con las siguientes preguntas: 

  1. ¿Leo o escucho las Escrituras como una palabra de Dios para mí?
  2. ¿He tenido la gracia de alguna conversión al escuchar la Palabra de Dios?
  3. ¿Logro ver y darle nombre a los rostros de la pobreza que me rodean?
  4. ¿Busco compartir con los necesitados lo poco o mucho que Dios me ha dado?
  5. ¿Cómo asumo y vivo las situaciones de pobreza personal que me toca vivir?

Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto? 

Gracias Jesús por invitarme una y otra vez a la conversión.
Que siempre esté abierto a Tu Palabra.
Que no haga alarde de la apariencia y no me guíe por el tener.
Apártame de las quejas.
Regálame un corazón movido por la caridad.
Que no pase de largo ante mis hermanos necesitados.
Que escuche en ellos el clamor, que en ellos te descubra.
Amén.

Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Jesús, dame un corazón que vea las necesidades de los demás y sienta compasión.

Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Durante esta semana me propongo estar atento a las pobrezas de mis hermanos más próximos. Me acercaré a ellos con dulzura para compartir un momento.

Bitácora de grandes Lectionautas 

“Recuerda que cuando dejes este mundo, no puedes llevarte nada que hayas recibido; solo lo que has dado”, (San Francisco de Asís).