La siguiente guía tiene como fuente Lectionautas,  difundido por el Departamento de Animación y Pastoral Bíblica de la Conferencia Episcopal Argentina, elaborado por monseñor Damián Nannini (Obispo de San Miguel).

 

«Parabola del rico insensado», Rembrandt,  Kunsthistorisches Museum, Gemäldegalerie, Berlín (Alemania)

Preparación espiritual

Espíritu Santo, enséñame a dar gratuitamente.
Espíritu Santo, que busque siempre lo que nunca acaba.
Espíritu Santo, que con María, reciba y viva la Palabra.
Espíritu Santo, dame la valentía para anunciar la Buena Noticia.

Amén.

Evangelio según San Lucas 12, 13-21

13 Uno de la multitud le pidió a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo». 14 Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me nombró juez o árbitro entre ustedes?». 15 Entonces le dijo a la gente: «¡Estén atentos! Cuídense de toda codicia, porque la vida de una persona, por más bienes que tenga, no depende de lo que posee».
16 Después agregó esta parábola: «Había un hombre rico cuyo campo produjo una gran cosecha. 17 Entonces reflexionó: “¿Qué haré? Porque ya no tengo dónde acumular mi cosecha”. 18 Y dijo: “Haré esto: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, para guardar allí todo el trigo y los demás bienes. 19 Después me diré: ‘Alma mía, ya tienes bienes acumulados para muchos años. ¡Ahora descansa, come, bebe y disfruta!’” 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche tendrás que entregar tu vida. ¿Para quién será todo lo que acumulaste?” 21 Así sucede con el que junta tesoros para sí mismo, pero no es rico respecto a Dios».

Algunas preguntas para una lectura atenta 

1. ¿Qué le pide uno de la multitud a Jesús y qué respuesta recibe?
2. ¿Qué advertencia hace Jesús sobre la codicia y por qué?
3. ¿Qué parábola les cuenta Jesús? ¿Cuál es su enseñanza?
4. ¿Qué aplicación hace Jesús de la parábola?

Algunas pistas para comprender el texto:
Mons. Damián Nannini 

El texto comienza con el pedido que «alguien, uno» de entre la multitud le hace a Jesús para que actúe de árbitro en una disputa familiar acerca de la herencia. Jesús no acepta este rol de juez o repartidor de herencias y rechaza el requerimiento del hombre dando por terminado así el asunto. Pero luego Jesús aprovecha esta intervención de «alguien» para hacer una «catequesis ocasional» dirigida a sus discípulos en sentido amplio («les dijo…»).

En primer lugar, Jesús hace una advertencia de tono sapiencial invitando a cuidarse o preservarse de la avaricia o codicia. El término griego pleonexía señala el deseo de tener más que los demás, sea en posesiones o privilegios, y también el deseo de usurpar y la sed de dominar. Su sentido es entonces más bien de «codicia» que de «avaricia» ya que se trata de un deseo desmedido.

La segunda parte de la frase de Lc 12,15 da razón del peligro de la codicia y contiene el mensaje central del texto: «la vida de una persona, por más bienes que tenga, no depende de lo que posee». Por tanto, Jesús va a la raíz, a lo que motiva la actitud codiciosa, que es la búsqueda de seguridad.

Esta enseñanza es ejemplificada a continuación con una parábola que narra la actitud de un hombre rico y afortunado, pero necio. Sus campos dieron mucho fruto y los graneros le quedaban chicos, por lo que decidió construir otros más grandes. Importa notar que la forma en que obtuvo la riqueza este hombre no parece ser condenable y se trataría de ganancias legítimas. Por tanto, lo condenable es su actitud de vida que aparece reflejada en su monólogo interior: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida». Se trata de un proyecto egoísta y hedonista de la vida. Justamente la intervención de Dios en la parábola condena esta actitud como insensata por cuanto el hombre piensa que su vida está garantizada por los muchos bienes que tiene, olvidándose de la «caducidad» de la misma. Al confrontar esta actitud con la inmediatez de la muerte aparece lo equivocado de la misma pues no podrá disfrutar indefinidamente de sus bienes, que quedarán para otro. En otras palabras, las muchas riquezas no dan un sentido trascendente a la vida, por lo que no pueden ser la motivación fundamental de una existencia; no pueden ser el apoyo firme donde descanse la vida de una persona.

El comentario final de Jesús refuerza este juicio al poner el acento en la condena de «acumular riquezas para sí». El personaje de la parábola sólo pensó en sí mismo, de modo egocéntrico, y no tuvo en cuenta la relación con Dios, el único que puede ser el apoyo seguro y permanente de la vida humana. Por eso se le contrapone lo que hubiera sido la actitud correcta: «ser rico para con Dios».

Meditación ¿Qué me dice el Señor en el texto?

En este camino discipular que nos presenta el evangelio de san Lucas, ninguna dimensión de la vida humana puede quedar fuera del seguimiento de Jesús. Todo, absolutamente todo, debe pasar por Jesús, por eso en el Evangelio hoy nos enseña a vincularnos con los bienes materiales. Si bien Jesús acepta que tenemos necesidad de los bienes materiales para vivir una vida digna, nos advierte sobre los peligros de la codicia pues como dice el Papa Francisco “el afán de poder y de tener no conoce límites” (EG 56). Importa, por tanto, estar vigilantes y lúcidos para no caer en la codicia y en la idolatría del dinero.

La codicia suele definirse como el deseo desmesurado de acumular bienes materiales. Ahora bien, en la raíz de la codicia está el miedo y la inseguridad, que es lo que nos impulsa a buscar en los bienes materiales esa seguridad que la vida no brinda. Y todo miedo es, en última instancia, miedo a la muerte. Y nada puede impedir la muerte, nada puede asegurarnos la vida para siempre. La vida humana está herida de muerte y es propio de quien quiere vivir una existencia auténtica asumir esta realidad.

La posesión de mis bienes dura lo que dura mi vida en esta tierra. Al morir partimos y todas nuestras posesiones quedan aquí. Ellas no pueden asegurarnos la vida eterna. Sin lugar a dudas no es nada agradable el pensar en esto; pero nos guste o no, es la realidad. Más cercana o más lejana, la muerte siempre aletea en el horizonte de la vida humana. Puedo negarla, intentar huir de ella; pero antes o después tendré que enfrentarme con ella. Nada vale huir hacia el consumismo cultural que nos domina.

La parábola del evangelio de hoy pone en evidencia la insensatez a la que lleva la codicia de los bienes pues hace olvidar la finitud y caducidad de la vida humana. Justamente porque la seguridad que brinda la riqueza es tan fácilmente absolutizable San Pablo dice que la codicia es una forma de idolatría (cf. Col 3,5). Al respecto decía el Papa Francisco en el ángelus del 31 de julio de 2022: “Jesús nos enseña hoy que,
en el fondo de todo esto, no hay sólo unos pocos poderosos o ciertos sistemas económicos: en el centro está la codicia que hay en el corazón de cada uno. Así que preguntémonos: ¿cómo es mi desprendimiento de las posesiones, de las riquezas? ¿Me quejo de lo que me falta o me conformo con lo que tengo? ¿Estoy tentado, en nombre del dinero y las oportunidades, a sacrificar las relaciones y sacrificar el tiempo por los demás? Y también, ¿sacrifico la legalidad y la honestidad en el altar de la codicia? Digo “altar”, altar de la codicia, pero ¿por qué he dicho altar? Porque los bienes materiales, el dinero, las riquezas pueden convertirse en un culto, en una verdadera idolatría. Por eso Jesús nos advierte con palabras fuertes. Dice que no se puede servir a dos señores, y ―prestemos atención― no dice Dios y el diablo, no, ni siquiera el bien y el mal, sino Dios y las riquezas (cf. Lc 16,13). Uno espera que diga que no se puede servir a dos señores, a Dios y al diablo. En cambio, dice: a Dios y a las riquezas. Servirse de las riquezas sí; servir a la riqueza no: es idolatría, es ofender a Dios”.

Continuamos la meditación con las siguientes preguntas: 

1. ¿Qué relación tengo con el dinero y con los bienes materiales?
2. ¿El consumo de bienes ocupa la cumbre de mis deseos y aspiraciones en mi vida?
3. ¿Reconozco que busco seguridad absoluta para mi vida en los bienes materiales?
4. ¿Creo y acepto que sólo Dios puede garantizarme la vida plena y eterna?

Oración: ¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto? 

Gracias Jesús por educarme, por educarnos.

Que no caiga en la seguridad del acumular ni en buscar privilegios.
Líbrame de pensar que el dinero todo lo arregla, todo lo puede.
Apártame de ser avaro con lo que sé hacer, con lo que me confiaste.
Dame la coherencia que solo Vos puedes darme:
que todo lo que tenga sea compartido.
Dame la valentía de donarme:
en cada gesto, en cada palabra, con todos mis hermanos.

Amén.

Contemplación: ¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Señor, sé tú mi auténtica riqueza.

Acción: ¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Durante esta semana me propongo compartir de corazón un almuerzo, merienda o cena con alguien que hace mucho que no veo.

Bitácora de grandes Lectionautas 
«El que posee bienes, que utilice lo necesario para comer y vestir, el resto entréguelo al hermano necesitado, por el que Cristo murió», (San Antonio de Padua).